Publicado el 16/05/2025 por Administrador
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Han pasado apenas cien días desde que Donald Trump volvió a pisar la Oficina Oval, y ya es evidente que la desinformación no solo es una consecuencia colateral de su estilo de gobierno, sino una estrategia bien calculada. En lugar de optar por el tradicional “período de gracia”, la nueva administración ha optado por llenar el espacio público con verdades a medias, datos sin verificar y una narrativa paralela que desafía los límites de la lógica y de la responsabilidad institucional.
Desde el primer discurso tras su juramento, la maquinaria del engaño se activó a plena potencia. Las imágenes aéreas que contrastaban con las declaraciones sobre una “multitud histórica” fueron solo el primer paso de una coreografía donde los hechos comprobables ceden ante los titulares espectaculares. La verdad, para este gobierno, parece ser más una cuestión de conveniencia que de evidencia.
En estos tres meses, se han multiplicado los comunicados oficiales con datos inflados sobre crecimiento económico, reducción del crimen y avances fronterizos, muchos de los cuales han sido desmentidos por expertos y agencias federales. Sin embargo, eso no ha detenido el flujo de desinformación. La administración parece tener claro que repetir algo mil veces puede hacerlo parecer cierto.
En el terreno migratorio, Trump ha retomado con fuerza su discurso más duro, asegurando que “hordas criminales” cruzan la frontera cada día. Estas declaraciones, carentes de respaldo estadístico, han servido de excusa para redadas masivas, endurecimiento de políticas y un clima de persecución hacia comunidades enteras. El miedo vuelve a ser un instrumento de poder.
La política exterior no ha estado exenta de distorsiones. Se ha culpado sin pruebas a gobiernos extranjeros de fomentar inestabilidad en la región, se han difundido versiones contradictorias sobre alianzas estratégicas y se ha impulsado una visión de “Estados Unidos solo contra el mundo” que choca con los principios del multilateralismo y la diplomacia moderna.
En el ámbito sanitario, la retórica también ha sido preocupante. Funcionarios del nuevo gabinete han relativizado la importancia de las vacunas, han puesto en duda estadísticas oficiales sobre enfermedades respiratorias y han llegado a contradecir públicamente a científicos del propio gobierno. El resultado: una ciudadanía cada vez más confundida y polarizada en su relación con la verdad científica.
Y si algo ha sido constante en esta etapa es el ataque sistemático a los medios de comunicación. Cualquier crítica o contraste se califica de “noticia falsa”, y se refuerza la idea de que solo la versión presidencial merece credibilidad. Esto ha debilitado aún más el ya erosionado ecosistema de información confiable en el país.
Las redes sociales, aliadas fundamentales del relato trumpista, han amplificado cada declaración, meme o video manipulado, instalando en millones de hogares una realidad paralela en la que el presidente siempre tiene razón y sus detractores son enemigos del pueblo.
En definitiva, los primeros cien días de Trump han estado marcados no tanto por reformas estructurales o decisiones de gobierno, sino por una guerra abierta contra la verdad. Una guerra donde la información es campo de batalla, y donde quien controla el relato, controla también las emociones, los temores y, en última instancia, los votos.